domingo, 7 de mayo de 2017

Los fascismos en el período de entreguerras

En cierta ocasión, el violinista y director de orquesta, Yehudi Menuhin, reflexionando sobre el siglo XX, dijo que éste “despertó las mayores de las esperanzas y destruyó todas las ilusiones e ideales”. Efectivamente, si hacemos una lectura detenida del siglo XX, podemos llegar a la conclusión – justa, por otra parte – de que los hechos o acontecimientos acaecidos en el pasado siglo fueron más negativos que positivos. Las sombras generadas por las dos guerras mundiales, los campos de concentración y exterminio, las crisis económicas… han tapado los importantes avances que también se lograron durante este periodo, como son el desarrollo tecnológico o la emancipación de la mujer tras siglos de represión patriarcal.

Con esa destrucción de las ilusiones e ideales a la que aludía Menuhin, sin duda alguna, tuvo mucho que ver el fascismo, que va a ser el tema central de la presente entrada, cuya estructura organizaremos de la siguiente manera:
  1. En primer lugar, a modo de introducción, trataremos de explicar el contexto histórico en el que surge el movimiento fascista.
  2. En segundo lugar, hablaremos sobre la ideología del fascismo como una mezcla de tradicionalismo y modernidad.
  3. Abordaremos la importancia del carisma en los movimientos fascistas.
  4. En qué tipo de países aparecen.
  5. Qué condiciones se tienen que dar para que éstos surjan.
  6. Cuáles son sus alianzas antes y después de la toma del poder. 
  7. Finalmente, hablaremos de los objetivos del Estado fascista contraponiendo dos teorías: una de Nicos Poulantzas, quien analiza el fascismo como un instrumento que utiliza la burguesía para defender sus intereses, y otra sostenida por Eric Hobsbawm, quien “niega” que el fascismo fuera la expresión de los intereses del gran capital.
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No obstante, antes de sumergirnos en el tema en sí, convendría hacer una pequeña reflexión sobre el fascismo como concepto. El fascismo es una ideología política y movimiento social que surge en Europa tras la Primera Guerra Mundial, y que tiene una serie de características propias que lo definen, como son el rechazo a la democracia parlamentaria y al socialismo, la defensa de un nacionalismo radical, un cierto anticapitalismo antes de la toma del poder, la defensa de una sumisión a la autoridad, la eliminación de la lucha de clases y una disciplina nacional, además de un marcado carácter imperialista con una serie de objetivos internacionales que busca alcanzar por medio de una vía expansionista agresiva. En este sentido, la guerra va a ser fundamental frente a la diplomacia.

El origen o germen de este movimiento fascista lo encontramos en la Italia liberal de mediados del siglo XIX. En 1861, se produjo la unificación del país, que llegó mediante una imposición del norte (Piamonte) sobre el sur. Esta nueva Italia liberal generó unas expectativas de construir una gran nación, una especie de revitalización del Imperio Romano. Sin embargo, estas expectativas nunca se llegaron a cumplir, surgiendo una forma de protesta intelectual criticando al liberalismo, una protesta encabezada por el poeta Gabriele D’Annunzio, el futurista Filippo Tommaso Marinetti y el periodista Enrico Corradini, quienes se van a separar de la Razón y la Ilustración y van elaborar una nueva teoría en la que van a propugnar la necesidad de cambiar el mundo a través de la violencia y la guerra.

Con el inicio de la Primera Guerra Mundial, Italia tomó parte en la misma a favor de la causa anglofrancesa con el objetivo principal de conseguir colonias. Sin embargo, al finalizar el conflicto, y a pesar de salir “victoriosa”, Italia quedó en una posición pésima, con una economía deshecha, crisis de subsistencia y de materias primas, motines, paro y una aguda inflación. Además, a diferencia de sus aliados, Italia no recibió colonias, que fue siempre su objetivo principal en busca de esa revitalización del Imperio Romano, empezándose a utilizar la expresión de “victoria mutilada”. De esta manera, empezaron a cobrar fuerza una serie de líderes nacionalistas que aspiraban a reparar este insulto de la “victoria mutilada”. Uno de estos líderes sería Benito Mussolini, verdadero artífice del fascismo tal y como lo conocemos, que en marzo de 1919 fundó su movimiento político, Il fascio di Combattimento. Este movimiento fue creciendo hasta convertirse en noviembre de 1921 en el Partido Nacional Fascista, que en menos de un año acabaría conquistando el poder en Italia.

En esta breve introducción hemos tratado de señalar dónde y en qué contexto surge el movimiento fascista, tras lo cual nos vamos a centrar en explicar su ideología, su composición, sus objetivos… en definitiva, sus principales características. No obstante, cabría señalar que, aunque estas características son comunes a todos los movimientos fascistas, vamos a encontrar diferentes "niveles" de fascismos dependiendo del grado de desarrollo de la sociedad y de la magnitud de la crisis que haya que solventar. Así, por ejemplo, el estado alemán de Hitler sería el más fascista, el italiano de Mussolini sería un fascismo medio y el español de Franco, uno bajo. En el caso de España, el “fascismo” surgió más tarde porque España no participó en la Primera Guerra Mundial. En consecuencia, no se dio un movimiento de excombatientes. Además, el régimen de Franco no fue un fascismo “puro”, sino más bien un movimiento nacionalista y conservador donde la Iglesia ocupó una posición fundamental, algo que no ocurría en el seno de los estados fascistas.

En lo que se refiere a su ideología, como hemos señalado en la introducción, el fascismo es una mezcla de tradicionalismo y modernidad, pues defiende muchos valores tradicionales, denunciando, por ejemplo, la emancipación de la mujer, y muestra un rechazo claro hacia la cultura moderna, especialmente hacia el denominado “arte de vanguardia”, al que los fascistas o nacionalsocialistas alemanes tildaban de “bolchevismo cultural degenerado”. Sin embargo, durante el periodo de entreguerras, este movimiento no recurrió a los “guardianes históricos” del orden conservador, como son la Iglesia y la monarquía, sino que abogó por un nueva premisa de gobierno, basada en un liderazgo personalista y laico y legitimado por el respaldo de las masas (Hobsbawm, 2011: 124-125). Frente a esta nueva premisa de mando, la forma de gobierno basada en el ejercicio del poder impersonal, que era la propia de los estados capitalistas, fue cada vez más atacada.

Cartel que ensalza el valor de familia tradicional alemana.


Cartel contrario a la emancipación de la mujer que reivindica su papel como madre.
Un importante concepto a tener en cuenta en el desarrollo del fascismo es la “autoridad carismática”. Ian Kershaw (1989: 130-133) defiende que el carisma ocupa una posición fundamental en los movimientos fascistas, siendo la base del seguimiento de masas y del sistema político. Sin embargo, este poder carismático es muy inestable; aparece en situaciones de crisis y puede derrumbarse en cualquier momento si no se cumplen las expectativas. 



Discurso de Hitler sobre los judíos.


Discurso de Hitler sobre el triunfo de la voluntad.


Discurso de Mussolini sobre el triunfo de la marina.

Por otro lado, el movimiento fascista, por muy carismático que sea, solamente puede llegar al poder si las élites tradicionales son incapaces de controlar los mecanismos de gobierno y si éstas están dispuestas a ayudarlo y a colaborar con él una vez quede establecido el nuevo régimen. Es decir, la única manera de que el fascismo llegue al poder es a través de pactos con las viejas élites dirigentes, o por iniciativa de las mismas, como sucedió en Italia entre 1920-1922. Después, la clase dominante tradicional recuperaría el control, pero a veces, debido a su debilidad, la autonomía del movimiento fascista se amplía en lugar de contraerse, y el viejo régimen se ve desbordado por éste (Kershaw, 1989: 130-133; Hobsbawm, 2011: 133).

En cuanto a su localización, los movimientos fascistas surgen en aquellos países en los que no predominan las ideologías nacidas de la Ilustración, como son la democracia y el liberalismo, aquellos países en los que no se ha dado un acontecimiento equivalente a la Revolución Francesa, como sí ha ocurrido en Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos, donde “la hegemonía de la tradición revolucionaria impidió la aparición de movimientos fascistas importantes” (Hobsbawm, 2011: 127). Además, los países en los que surge el fascismo suelen ser estados capitalistas desarrollados, con una sociedad compleja, clases medias y funcionarios. Esto no quiere decir que el fascismo sea una evolución directa o una etapa inevitable dentro del capitalismo, pero sí es cierto que aparece siempre en estados con este tipo de economía.

Por otro lado, para que el fascismo surja en un determinado país, se tiene que dar una situación de crisis general que amenace a buena parte de la población. Con el inicio de esta crisis, la clase dominante tradicional se ve incapaz de controlar la situación política, demostrando así su ineptitud para dirigir la movilización de masas, y pide ayuda al fascismo, que, según Ian Kershaw, es visto como una especie de religión política que promete la salvación mesiánica, alcanzable únicamente mediante la destrucción del enemigo político, nacional y racial (Kershaw, 1989: 132-133). En este sentido, el fascismo nunca habría pasado a la historia si no hubiera sido por la Gran Depresión y la enorme repercusión que ésta tuvo en Alemania, un país que por su posición geográfica y su potencial económico-militar, estaba llamado a desempeñar un papel político de primer orden en Europa con cualquier forma de gobierno (Hobsbawm, 2011: 136)




Una familia sentada en la mesa con una salchicha como único plato, imagen que pone de manifiesto la escasez de alimentos existente en Alemania durante la posguerra.

Berlineses destripando a un caballo en plena calle.


Niños jugando con fajos de marcos alemanes, imagen que pone de manifiesto el desprestigio que sufrió la moneda alemana tras la I Guerra Mundial.

Hitler representado como el Mesías, como salvador de la patria, imagen que pone de manifiesto el culto al líder existente.
Otra condición necesaria en la aparición y conquista del poder por parte del fascismo es que el militarismo ocupe una posición fundamental dentro del Estado. En este sentido, el movimiento fascista tenderá a favorecer al ejército y a la policía, buscando con ello su colaboración, pues estos

Por otro lado, el ascenso de la derecha radical tras la Primera Guerra Mundial también fue una respuesta clara a la amenaza socialista, comunista, anarquista y obrera; el fascismo surgió allí donde la amenaza bolchevique era mayor. Fue una respuesta clara al peligro de la revolución social, al fortalecimiento de la clase obrera, a la Revolución de Octubre y al leninismo. Hobsbawm (2011: 130-131) dice que “sin ellos no habría existido el fascismo” y que, en este sentido, “Lenin engendró a Mussolini y a Hitler”. Sin embargo, el autor británico matiza que el fascismo no fue una respuesta al bolchevismo en particular, sino a todos los movimientos de la clase obrera organizada. Lenin era el símbolo de esta amenaza, pero lo verdaderamente preocupante era el fortalecimiento, la confianza y el radicalismo que estaba adquiriendo la clase obrera. A pesar de ello, no se puede decir que el fascismo sea “hijo de la revolución”, aunque éste se alimentara de ella para alcanzar el poder, utilizando la amenaza de una revolución bolchevique como argumento, como sucedió durante la II República Española.

Por lo tanto, para que el fascismo surja y alcance el poder se tienen que dar toda una serie de condiciones: una crisis socioeconómica general que afecte al conjunto de la sociedad, una clase dominante incapaz de controlar los mecanismos de gobierno, una población desencantada que no sepa en quién confiar, la amenaza de una revolución bolchevique y, sumado a esto, un resentimiento por los tratados de paz tras las Primera Guerra Mundial.

En lo que se refiere a sus alianzas, desde su fase embrionaria, cuando está organizado en bandas armadas frente a la ofensiva proletaria, el movimiento fascista va a tener como principal aliado a la burguesía, a la clase dominante tradicional. En palabras de Poulantzas, el fascismo “está sostenido de una manera declarada por círculos del gran capital” (Poulantzas 1973, 91). En este sentido, reflexionando sobre el Estado fascista alemán, Alfred Sohn-Rethel (1987, 101) decía que la burguesía y el movimiento fascista “estaban en el mismo barco”[1] unidos por las reglas del capitalismo, y es que la única manera de que la burguesía alemana se recuperara de la crisis general del momento era volviendo a la acumulación capitalista más absoluta, que solamente podía lograrse con la capacidad del Estado para reprimir.

Por otro lado, dado que tenía serias dificultades para atraer a los elementos tradicionales de la sociedad rural, que estaban en manos de la Iglesia (contraria a la laicidad del régimen), y era el enemigo jurado de la clase obrera organizada, el fascismo va a encontrar a otro de sus principales aliados en las clases medias, que temen proletarizarse o ven que ya no pueden ascender más en la escala social. Del mismo modo, también contará con el apoyo de las clases trabajadoras no afiliadas al movimiento obrero. Una vez que el fascismo triunfa, el poder pasa a ser compartido por los dirigentes del movimiento, la burguesía y el ejército. En el caso de la Alemania nazi, según Ian Kershaw, a este cartel del poder tripartito habría que añadir un cuarto componente: las SS (Kershaw, 1989: 138).

Por último, en cuanto a su objetivo, Nicos Poulantzas (1973: 90-93) defiende que el fascismo buscó siempre el restablecimiento de la hegemonía de los grupos dirigentes y el gran capital, amenazados por la crisis general del momento. Una vez alcanzado este objetivo, el Estado fascista llevaría a cabo una política favorable a los intereses de la burguesía a largo plazo. No obstante, también se vería obligado a realizar una serie de concesiones a la clase trabajadora, a pesar de ir en contra de los intereses del gran capital. De esta manera, dice Poulantzas, el fascismo conseguiría acabar con el movimiento de vanguardia y sus organizaciones, al mismo tiempo que evitaba que se rompieran las relaciones con las masas populares. Para Poulantzas, el fascismo equivalía a la forma más extrema del Estado capitalista, siendo un instrumento de la ofensiva de la burguesía.

Hobsbawm (2011: 135), por su parte, niega que el fascismo fuera la expresión de los intereses del gran capital, no en mayor medida que el gobierno de los Estados Unidos o el de Gran Bretaña. En este sentido, el autor sostiene que a comienzos de los años 30, el gran capital alemán no mostró ningún aprecio por la figura de Hitler y que habría preferido un conservadurismo más ortodoxo. Sin embargo, cuando éste llegó al poder, sí pasó a colaborar decididamente con él, hasta el punto de utilizar en beneficio propio, como mano de obra esclava, a los prisioneros de los campos de concentración y exterminio. Además, grandes y pequeñas empresas se beneficiaron por igual de las expropiaciones contra los judíos. Por tanto, Hobsbawm defiende que el gran capital no ayudó ni buscó la conquista del poder por parte del fascismo, como dice Poulantzas, pero sí pasó a colaborar estrechamente con él cuando éste conquistó el poder, beneficiándose de su política nacionalista y racial. Por otro lado, Hobsbawm también reconoce que el fascismo ofrecía unas determinadas ventajas al gran capital que no lo hacían otros regímenes: eliminó la amenaza de una revolución y los sindicatos, que suponían limitaciones a la patronal, destruyó los movimientos obreros, y dinamizó y modernizó las industrias.
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Como conclusión, podemos decir que la complejidad del movimiento fascista resulta evidente. En este sentido, este fenómeno no debe ser interpretado como una simple respuesta a un determinado hecho o acontecimiento, sino que es necesario que se den toda una serie de condicionantes para que éste surja y conquiste el poder. En este sentido, podemos señalar la Primera Guerra Mundial como la primera gran causa de su aparición. De no haber sido por este conflicto y sus nefastas consecuencias para Italia y Alemania, el fascismo nunca habría visto la luz. Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, las economías de estos países quedaron destrozadas, con sociedades en paro y agudas inflaciones, sobre todo en el caso de Alemania, donde la moneda prácticamente dejó de tener valor. Además, sumado a esta pésima situación económica, hay un segundo factor generado por la Primera Guerra Mundial que contribuyó al surgimiento del fascismo, y es la humillación sufrida con el tratado de Versalles. En el caso de Italia, no debemos olvidar que había participado en la Primera Guerra Mundial con el objetivo principal de conseguir colonias, en busca de esa revitalización del Imperio Romano, de ese glorioso pasado. Sin embargo, a diferencia de sus aliados, Italia no recibió colonias, lo que fue considerado por algunos líderes nacionalistas, como Benito Mussolini, como un grave insulto. Sin embargo, si hubo una nación humillada por este tratado de Versalles, esta fue Alemania, ya que se le impuso unas compensaciones económicas imposibles de solventar, prácticamente se quedó sin ejército, se le prohibió la fabricación de armas, tuvo que ceder Alsacia y Lorena a Francia, sufrió la ocupación de la orilla izquierda del Rin y la desmilitarización de Renania, y además tuvo que declarar que ella había sido la única responsable de la Primera Guerra Mundial.

Así pues, el fascismo surgió como respuesta a esa crisis socioeconómica general de la posguerra y al humillante tratado de Versalles, pero ¿cómo llegó al poder? Esta cuestión no es menos compleja que la anterior y también necesita la suma de varios factores o condiciones para que se produzca. En este sentido, el factor principal que contribuyó al ascenso del fascismo fue esa crisis general provocada por la Gran Guerra, ante la cual, la clase dominante tradicional se vio incapaz de controlar la situación política y social y pidió ayuda al movimiento fascista, que se presentó como un salvador que afirmaba ser capaz de solventar la crisis.

Al mismo tiempo, debemos tener en cuenta que en Rusia acababa de triunfar una revolución socialista que iba a generar un profundo miedo entre la burguesía y la clase dominante tradicional. Sumado a esto, la clase obrera organizada iba adquiriendo cada vez más fuerza como respuesta a la crisis. Ante esta situación y temerosos del estallido de una revolución, el gran capital y las clases medias, que temen proletarizarse, apoyaron decididamente al fascismo en la toma del poder, aunque en el caso de Alemania, Hitler no gozó en un primer momento de las simpatías del capital.

Así pues, la crisis socioeconómica de la posguerra y la “amenaza bolchevique”, con el fortalecimiento de la clase obrera, hacen que la burguesía y las clases medias vean al fascismo como el gran salvador de la situación. Además, el movimiento fascista, conocedor de que sin la fuerza del ejército el movimiento no podría triunfar, pondrá en marcha una política favorable a la policía y a los militares. Como hemos señalado más arriba, el peso del militarismo en la sociedad es también determinante en la conquista del poder por parte del fascismo.

En resumen, vemos como el surgimiento y la conquista del poder por parte del fascismo no se produce de una manera simple, sino que se tienen que dar toda una serie de condiciones para se produzca: una crisis socioeconómica general, una élite dirigente incapaz de hacer frente a esta crisis, una población hambrienta y desconcertada, el peligro de una revolución social, el fortalecimiento de la clase obrera y el peso del militarismo. Todas estas condiciones hacen que el fascismo surja y conquiste el poder, pero ¿qué llevó a éste a alcanzar la dimensión universal que alcanzó? La respuesta es Alemania. El papel de Alemania resultó determinante en la consolidación del fascismo, ya que si éste hubiera quedado restringido a la Italia de Mussolini, probablemente el movimiento nunca habría alcanzado el protagonismo mundial que alcanzó, siendo un movimiento muy admirado, e incluso imitado, en América Latina. Por su potencial económico y militar, y por su localización estratégica, Alemania estaba llamada a ser una potencia de primer orden, independientemente del tipo de gobierno que dirigiera el país. Al fin y al cabo, las derrotas en las dos guerras mundiales no han impedido a Alemania alcanzar el siglo XXI como el Estado dominante en Europa.



Casanova, J. (2011), Europa contra Europa: 1914-1945. Barcelona, Crítica.

Hobsbawm, E. (2011), Historia del siglo XX. Barcelona, Crítica.

Kershaw, I. (1989), “El Estado Nazi: ¿Un Estado Excepcional?”, en Zona abierta. Octubre-Diciembre de 1989, número 53, pp. 119-148.

Poulantzas, N. (1973), Fascismo y dictadura: La Tercera Internacional frente al fascismo. Madrid, Siglo veintiuno.

Sohn-Rethel, A. (1987), The Economy and Class Structure of German Fascism. Londres, Free Association Books.






[1] La frase “estamos en el mismo barco (We’re all in the same boat!)” supuestamente fue enunciada por Hjalmar Schacht, Ministro de Economía del III Reich, quien abogaba por la necesidad de que la sociedad alemana estuviese unida, comprometidos todos con el régimen fascista en la guerra (Sohn-Rethel, 1987: 101).

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